Por Mario Góngora H.
Podemos tener dinero sin abandonar nuestra integridad; también podemos ser poderosos sin que nuestra vanidad sea tal, que causemos ofensa a los demás y sin pretender la impunidad en todos nuestros actos. Podemos ser nacionalistas, patriotas y hasta regionalistas sin que nuestro criterio y visión sean tan estrechos que todo lo frenemos y detengamos a costa precisamente de nuestro propio interés y del futuro de todos.
El que piensa con integridad no teme a lo que los demás piensen de él, ni tiene que seguir los pasos de los demás solo por quedar bien o por adulación. Jamás le teme a la soledad física ni intelectual, pues sabe pensar por sí mismo, estableciendo sus propias normas y gobernado por su conciencia, no se deja arrastrar ni por grupo, ni por partido, ni por interés alguno. Siempre podremos escuchar consejos pero invariablemente debemos atenernos a nuestro criterio. Y si tenemos fracasos, como seguramente los tendremos, debemos evitar el estarnos quejando todo el tiempo de ellos, pues siempre habrá quien encuentre placer en escuchar nuestros problemas y alegría y deleite en nuestro dolor.
Podemos ser lo suficientemente concientes para caer en cuenta que de todas las avaricias, de todas las codicias, las más desmoralizadora y peligrosa para el país es la de desear algo por nada. Tengamos cuidado con los partidos que solo ofrecen eso. Jamás nos debemos dejar influir por los que promueven la lucha y el odio de clases.
Todos podemos evitar la confusión entre lo superfluo y lo necesario, sabiendo reconocer que frecuentemente creemos necesitar lo que otros poseen o lo que otros son, siendo esto una muestra clara de vanidad. Para alimentar el espíritu es necesario reducir la codicia y las cosas superfluas. Fuera de todo lo sencillo, simplemente no hay bienestar ni felicidad, ni dignidad en la vida. Entre menos busquemos la buena vida, más pronto llegará a nosotros a través del trabajo, comportándonos como ciudadanos honestos y cumpliendo con nuestra misión en la vida.
Pocas personas adineradas han podido reconocer la realidad de la vida, esto es, que la abundancia se venga, se desquita de nosotros tarde o temprano. Efectivamente la abundancia nos permite tener muchas cosas, las cuales nunca nos son suficientes. “La infelicidad es el resultado fatal no de nuestra necesidad, sino de nuestra abundancia”. De todo lo indispensable de la vida, el dinero solo nos da la comida de todos los días, un lugar para dormir y algo para vestir. No nos comprará ni amor, ni fidelidad, ni auténticas amistades, ni pensamientos agradables la mayor parte del tiempo; ni visiones de un futuro agradable. Y esto es importante porque el futuro nos debe interesar porque pasaremos la mayor parte de nuestra vida en él, en el preciso momento en que se transforme en el presente.
Para empezar, podemos intentar no aparentar lo que no somos, evitando el exhibicionismo y los lujos irresistibles, todo por competir con los demás. Para el espíritu humano, la pobreza más terrible es ver que otros tengan los lujos que uno no tiene y desearlos. La realidad es que el dinero tiene más valor por lo que nos puede evitar que por lo que nos puede dar.
