Por
Mario Góngora H.
Si nos peguntamos por qué no contamos con los niveles de prosperidad que pensamos que merecemos, podemos llegar a la conclusión que el principio fundamental de la prosperidad es la integridad. Mientras existan leyes y reglas a favor del pobre y siga habiendo gobernantes y funcionarios que las violen en su propio provecho en total impunidad, no existirá la prosperidad más básica.
La mejor prueba de buena fe y sinceridad que pueden dar políticos, funcionarios y gobernantes es simplemente reconocerle a los gobernados los mismos derechos que los que ellos creen tener. Cometer delitos y actuar con impunidad no es mostrar autoridad, solo es mostrar el poder de la fuerza autoritaria.
En el presente, la justicia es representada ciega, pero en realidad, también debe mostrarse con corazón; no con la influencia del soborno y del dinero.
Algún día entenderemos que un pueblo solo puede ser bien dirigido cuando los gobernantes logren poner ante nuestros ojos un porvenir próspero y pacífico. Que nos hagan contar con esperanzas que sean posibles y reales. Los políticos populistas que llenan de humo las cabezas de los hombres, serían mas efectivos si lograran que el pueblo que pretenden dirigir, tenga una auténtica paz de espíritu.
Todos tenemos la tarea de convertir al país en uno de los mejores del planeta, y si no lo hemos logrado es porque no somos la clase de hombres que debemos ser. Los principales obstáculos han sido la ambición por el dinero, por el poder y la codicia. Una muestra del más grande egoísmo. Pero corren el riesgo, como un cáncer, que pronto ya no haya país en el cual gastar el dinero mal habido.
Donde un pueblo produce y la justicia lo protege, la prosperidad es inevitable. Y ni siquiera se busca la justicia absoluta, la cual no existe en ningún pueblo, sino algo que se le aproxime lo más posible. Donde no existan unos, víctimas de más injusticia que otros. No únicamente debemos pretender que los demás nos traten con justicia, sino que al mismo tiempo nosotros seamos justos y equitativos con los demás.
Ocasionalmente y por esta razón debemos mirar hacia el pasado y conocer que hicieron nuestros antepasados, pues la experiencia del mundo y el futuro no empiezan con nosotros. Quizá algo podamos aprender. Lo más triste será cuando en el futuro, nuestros hijos volteen a ver que hicimos y solo logren ver envidia, codicia, maldad y crueldad.
Si todos nuestros esfuerzos como miembros de este pueblo están bien dirigidos, todos nuestros ideales se mostrarán en la vida diaria de la nación. ¿De cuál material humano está hecho nuestro país? ¿Qué calidad tenemos como ciudadanos?
Ningún ciudadano llegará más alto que sus propios ideales. Valdremos algo, solo si nos hacemos valer.
