Por
Mario Góngora H.
En nosotros consiste el ser de una manera o de otra. Nuestros cuerpos y sobre todo nuestra mente, son como huertos o sembradíos en los que los campesinos son nuestras voluntades, de modo que si queremos sembrar maíz, lechugas, tomates, naranjos o nogales, y ser o no productivos, depende de nuestra voluntad.
Todo se trata de “querer”, y eso depende solo de nosotros; pero esto requiere valor y paciencia. Exige la fuerza que puede resistir y sostenerse a pesar de las dificultades. Necesita el esfuerzo de la voluntad, eso que llamamos perseverancia, que no es otra cosa que la energía habitual y constante para lograr lo que queremos.
Caminar siempre hacia delante en forma regular y persistente es el secreto.
Somos personas que al inicio de nuestra vida, somos desconocidos por los demás y por nosotros mismos. Somos como un manantial que nace de una roca en la montaña, y que como arroyo y la acumulación de más agua que le dan los riachuelos, se convierte en río, y probablemente más tarde hasta en parte del mar.
Si tenemos dificultades nos sentimos mal, pero en la mayor parte de los casos estas nos sirven de ayuda para cambiar y progresar. Además, los acontecimientos nunca son absolutos. Los resultados dependen de nuestras cualidades y de nuestro carácter.
Entre más dificultades tengamos logramos un mejor estímulo para vivir, y así, los problemas despiertan nuestras facultades y talentos dormidos, amentando nuestra auto estima, nuestra fe y nuestra resistencia ante los embates de la vida.
En la vida, en nosotros está no permanecer estáticos. Todo ser humano tiene que caminar hacia delante. Cuando se presentan los obstáculos debemos marchar contra ellos no obstante las dificultades.
Es una verdad que muchas personas deben su buena suerte a alguna desventaja física o económica; o algún obstáculo al que se han enfrentado. Existe un dicho que dice que “La facilidad hace a los niños y la dificultad a los hombres”. Cuando se lucha contra las dificultades, aún ante situaciones extremas como sería la traición de un padre a su hijo, se despiertan las mejores facultades. La fuerza o la debilidad de carácter no se prueban nunca más claramente que cuando un individuo experimenta un cambio económico o emocional y esto se observa más claramente cuando el cambio es perjudicial, y súbitamente el individuo se ve forzado a entregarse a sus propios recursos, desplegando cualidades de su carácter totalmente inesperados que frecuentemente le conducen a una situación distinguida y de éxito.
En nosotros está, como dice un proverbio, que “los fracasos sean los cimientos del éxito”. Pero el valor para enfrentarnos a una dificultad para enfrentarnos a algo, sin la suficiente perseverancia, no nos sirve de nada.
