Por
Mario Góngora H.
Modestia quiere decir moderación, control, gobierno de una cosa, y tiene sentidos diversos, tantos, que se puede escribir todo un tratado sobre el tema. Aquí nos ocuparemos solamente del que se refiere a la humildad que modera el afán de superioridad.
El hombre modesto no es reconocido por la fama. Es trabajador y no aparece en las notas rojas de los periódicos, así como tampoco lo hace en la sección de sociales. No vive del erario público, no es diputado ni se mete en el mundo sucio y competido de la política. Es un hombre sencillo y a nadie molesta. No es un héroe de los narcocorridos, ni tiene la fama de un gran futbolista. No se convierte en un problema social. No es notorio como los miembros del hampa, pero tampoco infunde lástima, aunque es criticado por los que son capaces de vender hasta su alma por dinero. Es el que muchos buscan siempre que tienen que lograr completar trabajos o proyectos que no son capaces de lograr por sí mismos. Es el que a final de cuentas, paga sus impuestos. Normalmente no lo vemos de burócrata ni de lambiscón con los que ambicionan puestos políticos porque no se presta a sus caprichos, ni rebaja su espíritu a la adulación permanente del que nada vale. Es el que sabe que es fácil ser hombre, pero que lo difícil es ser un hombre.
Ni la riqueza ni el poder ni la fama hacen grande al verdadero hombre. La fama no es un testimonio del éxito de una persona. Decía un autor: “La fama, frecuentemente, no es más que la alabanza después de la muerte. Pasa con ella lo que con las pólizas ordinarias de vida. Hay que morirse para cobrarla.”
No es fácil ser modesto, sobre todo, cuando nos damos cuenta que algo positivo tenemos que decir de nosotros mismos para empezar a ser tomados en cuenta. Que alguien reconozca nuestro esfuerzo y nuestro trabajo no es cosa fácil. El gran número de médicos, músicos, pintores, cantantes, científicos y demás personas talentosas que no han sido reconocidas es notorio. Ya no importa el talento, sino a quien se conoce. Las influencias son ahora el requisito para “valer”. Y el que a base de tenacidad, dedicación, estudio y esfuerzo, sacrifica placeres y comodidades y logra un leve reconocimiento, se dice, “tuvo mucha suerte”.
La fama es como una droga que crea una severa adicción. Es inaguantable tenerla, así como cuando es retirada provoca severos síntomas de rompimiento. Muchos la buscan por el dinero que creen que les genera, para luego tener que esconderse al perder su individualidad.
Quien cultiva con dedicación la modestia en forma prudente y tranquila no se perjudica, sino que gana en virtud.
