Por
Mario Góngora H.
Un amor si es verdadero y celoso en sus deberes, hará que los primeros años de vida de la unión, sean útiles y sobre todo felices. La pareja marchará unida de la mano a través de la vida, participando ambos de sus penas y alegrías respectivas, trabajando y prosperando juntos.
Una buena relación, como el buen vino, necesita muchos años para llegar a la perfección. Las almas y los corazones han de unirse entre sí, y han de conocerse mutuamente mucho más que en los días de su noviazgo. Hasta entonces encontrarán uno en el otro todas las virtudes que parecían ocultas y quizá hasta con más frecuencia, muchas debilidades. En este último caso, deberán aprender a tolerarlas y a sacrificarse en las pequeñeces de la vida. Hasta entonces llegarán la paz interior y la tranquilidad en una forma permanente. Solo después de algunos años puede haber recuerdos y hechos del momento que asienten el amor sobre firmes cimientos.
Es interesante notar que el amor engrandece y hace interesantes las cosas comunes con un rastro luminoso. Podemos decir que hasta el sufrimiento tiende a unir a una pareja más firmemente entre sí. Como dice un proverbio “el que sacude el árbol de la tristeza, siembra con frecuencia los gérmenes de la felicidad”
Y cuando nos aproximamos a la tarde de la vida nos damos cuenta que la vida en sí tiene muchas compensaciones. Si bien la juventud tiene sus placeres, la vejez también; aunados a todos los buenos recuerdos. La verdad es que las horas de la tarde de la vida pueden ser aún más bellas que las de la mañana. Algo así como los pétalos de las flores cuyos más delicados pétalos son los últimos en abrirse. Y así, el fruto se desarrolla mientras las flores y los pétalos se marchitan, del mismo modo que el alma adquiere madurez, al paso que el cuerpo parece decaer y deteriorarse.
“El espíritu aumenta en perfección a medida que el cuerpo envejece”, decía Cornaro.
Bufón también decía “La vida del pasado, que despierta el recuerdo de las antiguas locuras, me ofrece, por el contrario, los placeres de la memoria, agradables pinturas; preciosas imágenes que valen mucho más que los objetos de vuestros placeres; porque son agradables y puras estas imágenes y solo traen a la memoria recuerdos de amistad”.
Probablemente sea cierto que el paraíso de la juventud sea la vejez y el de la vejez, la juventud. Las personas maduras aprenden a amar, porque la madurez afectiva se caracteriza por la estabilidad emocional. El amor no es un sentimiento fácil porque requiere previamente un desarrollo personal que permita una disposición desinteresada hacia los demás solamente por amor, con una actitud de humildad, confianza y férrea voluntad.
No es amor el exigir a la pareja que sea como queremos que sea.
El problema no es la persona con la que nos relacionamos, sino el modo que tenemos de relacionarnos
