Por:
Mario Góngora H.
En estos tiempos, la ciencia se ha preocupado por encontrar las mejores medicinas para curar los males que nos aquejan, y los progresos han sido muchos. Pero pocos laboratorios fabricantes de medicinas se preocupan por el estado mental del enfermo.
Salvo cuando se sufre alguna enfermedad hereditaria, la salud se obtiene y se mantiene como una consecuencia natural de una vida sencilla, con una alimentación sin excesos; un trabajo percibido como edificante y una armonía interior que nos permita paz y tranquilidad. Si falta un elemento de esta ecuación, nuestra salud nunca será optima. Si en el alma y el corazón se guardan resentimientos, por ejemplo, dichos pensamientos se encargarán de generarnos terribles males. La mayor parte de las veces, la ciencia debe tratar el enfermo, no a la enfermedad, pues generalmente un cuerpo enfermo alberga un alma también enferma.
Con seguridad podemos afirmar que nuestros pensamientos producen salud o enfermedad, según lo que decidamos pensar. ¿Cuántas veces no hemos visto enfermos desahuciados que se han recuperado totalmente? El pensamiento, la fe y la esperanza son los tres agentes terapéuticos más efectivos y poderosos. Nuestra vida, nuestro destino, dependen de lo que pensamos. La sugestión mental cura o modifica muchas enfermedades.
Cuando se trata de una curación por la fe y la oración, el enfermo se encuentra con la seguridad absoluta de su curación, que es el primer requisito para que exista la sanación. Y cuando se ha conseguido una fe implícita, el tratamiento puede tomar cualquier camino y sus efectos serán positivos. Esto explica muchos milagros obtenidos por la fe religiosa. Todo apunta que una verdadera fe, acelera la intervención divina.
La sugestión o efecto placebo juegan pues un papel importante, y los médicos deberían evaluar el estado emocional de sus pacientes, al igual que evalúan los análisis de laboratorio y los rayos X, pues cada pensamiento que tenemos y cada emoción que estos pensamientos producen, si los dejamos apoderarse de nosotros, dejan una huella en forma de una incapacidad o enfermedad en la vida, o de un aumento en nuestra capacidad, según la naturaleza del pensamiento. Lo que tiene enferma a nuestra sociedad es la duda que muchos tienen de su propio valor, así como el no tener las herramientas para enfrentarse al sufrimiento de las múltiples desilusiones en la vida; a los engaños sufridos, al tedio, al desaliento y a ver el futuro no en términos de los demás, sino egoístamente propio. Un esfuerzo por cambiar nuestros malos hábitos mentales por buenos, nos haría bien a todos. Esta reeducación mental nos hace dueños de nosotros mismos.
Una vez que caigamos en cuenta que la medida de nuestro bienestar es el estado emocional que decidamos escoger, tendremos la habilidad, no de evitar que entren a nuestra mente pensamientos dañinos y negativos, pero sí evitar que permanezcan por mucho tiempo ahí. Un hombre triste es un hombre enfermo, un hombre feliz es un hombre sano. Tenemos que pensar bien para estar bien, pues todas las aflicciones, las dudas, la falta de confianza, el miedo y la desesperación reducen nuestro espíritu a nada, y un espíritu enfermo destroza un cuerpo sano.
