Por Mario Góngora H.
Ciertas formas o métodos de acumular dinero en la actualidad, sobre todo en forma ilícita, tendrán que ir desapareciendo. Las leyes tarde o temprano tendrán que obedecer la opinión pública.
Cuando un grupo de niños juega a las canicas y uno de ellos las gana todas, la diversión se acaba. Y así encontramos que ciertos grupos privilegiados, principalmente de políticos, no solo han conseguido y alcanzado “justicia” para sus familias y para sí mismos, sino que se han sobrepasado. Han conseguido privilegios que perjudican a los demás.
Los primeros intereses especiales, enemigos de la igualdad humana, son el capital organizado, el trabajo organizado y la impunidad, principalmente de gobernantes, y de estos, la corrupción y la impunidad son las más poderosas porque las leyes y los ciudadanos son siempre los más afectados. Y así descubrimos que la democracia industrial es tan falsa como la política. El pobre se ve forzado a bailar al son de la música del rico, y para colmo, por el azote del líder sindical, para ser finalmente sacrificado por el político.
La miseria es culpa en parte de la riqueza, porque ésta no quiere hacer lo que la pobreza tiene derecho a pedirle, esto es, darle oportunidad de trabajar para vivir mejor. Un trabajo sin estímulos, desagradable muchas veces; un sueldo o salario extremadamente bajo, así como ningún porvenir para el individuo no es exactamente “vivir”. Es realmente difícil que un ciudadano con hambre, sea un buen ciudadano. En estos tiempos y en un verdadero espíritu cristiano, el capital, por fuerza y necesidad, tiene que agregar algo de riqueza al mundo. Sin nunca olvidar que también el político tiene por obligación moral y ciudadana, dejar de robar.
Y no estamos por ningún motivo hablando de socialismo, ni mucho menos de comunismo. El demagogo de una izquierda tradicional llena de odio hacia el que tiene recursos obtenidos con su trabajo, incapaz de hacer algo por sí mismo, nos pide se acabe la propiedad privada. Se trata de aquel que nada tiene y quiere dividirlo con nosotros, a la vez que nos pide la repartición de lo nuestro. Pero siendo el ser humano lo que es, y sometido a su instinto de siempre querer y ambicionar bienes materiales, nunca entregará voluntariamente lo que posee, ya haya sido bien o mal habido.
En la actualidad, lo único en lo que piensa la gente es en el dinero, y muy seguido, en cómo quitárselo a los demás. Si se toma en cuenta la lealtad, la constancia y la perseverancia, el sentido común, el amor al trabajo y sobre todo un espíritu compasivo de entendimiento y comprensión hacia los demás, algo se puede lograr. La paz y la armonía no se conseguirán por la retórica de los políticos, ni por decreto, sino porque los individuos adopten la ley natural de cooperación como base de su conducta.
Creo que pronto nos daremos cuenta que el interés propio tenemos que protegerlo por medio de considerar el interés ajeno. El progreso individual depende del progreso simultáneo de todos, no solo de unos cuantos y esto se logra generando fuentes reales de trabajo con ingresos justos, principalmente por la inversión privada, así como la abstinencia de la codicia por parte de la mayoría de los gobernantes.
