Por
Mario Góngora H.
Mil veces hemos escuchado que los pueblos tienen el gobierno que se merecen. Ni mejor, ni peor. Y si alguien se apodera del gobierno y nos lleva por donde no queremos ir, es que nos agarró descuidados o que estamos en complicidad con él. Si tal es el caso, tomemos esa amarga cucharada sin hacer gesto alguno.
Quien no ejercita sus derechos de ciudadano y olvida sus deberes cívicos, no tiene razón de quejarse de lo peor que le suceda. Ni si le corren a un hijo de un buen puesto en el gobierno, ni si le secuestran un pariente los mismos ministeriales.
Bajo la forma de gobierno establecida en todo país culto, el gobierno no es sino el resultado de los deseos combinados y de la expresión de la voluntad de la mayoría—pero eso es en un país culto….
En un país culto, igual vale el voto de un radical de izquierda que de un extremista de derecha. El de un millonario que el de un simple trabajador. Cada voto es un voto, y un millón de votos quiere decir un millón de personas ejerciendo individualmente su derecho. Si no ejercitamos nuestro derecho, o si nos vendemos por un pollo, una despensa o una esperanza de ser incluidos en las largas listas de espera para entrar a las filas de la corrupción, no es culpa de nadie, sino nuestra.
“Pero”, dirán algunos, “¿para qué votar ni no es más que una farsa, si al fin y al cabo, son los políticos los que hacen y deshacen?” Las verdad es que a los políticos los criamos y los encumbramos nosotros mismos, empezando por los aduladores, lambiscones, etc., etc.
Un político no es mas que un ciudadano más activo que los demás, y que entiende de qué se trata este negocio. Como ve que nosotros nada queremos hacer, se acomide a ejercitar los derechos suyos y los nuestros a la vez, teniendo prioridad, siempre los de él.
Es la acción política la que ha de oponerse a toda situación creada por la política. Todos sabemos que un funcionario público no es más que un empleado nuestro. Nosotros le pagamos para que desempeñe tal o cual trabajo, porque nosotros, o no podemos, o no queremos involucrarnos. Si tiene ese trabajo, es porque nosotros hemos decidido no desempeñarlo. Y si dicho funcionario en lugar de portarse como un servidor del pueblo, se declara amo y señor nuestro, como es el caso de nuestro estado, claro está que lo elegimos mal, y que para la próxima vez, tendremos que ser más precavidos. Para tener buenos gobernantes hay que merecerlos y sobre todo, elegirlos bien.
Las política es la ciencia de gobernar y es el objetivo principal. ¿Pero qué es lo que observamos siempre, y más en tiempos recientes? Conocemos a un gobernante que realmente piense que el bienestar colectivo es más importante que el bienestar de un individuo?
El darle forma a la política de una país, no solo debe ser del interés de la generación presente, sino que tiene que decidir la suerte de las generaciones que vendrán.
