LA HERENCIA DE AMLO

LA HERENCIA DE AMLO

No solo es por lo que él llama ‘la salut’, ni por lo  económico, es por lo espiritual 

Por

Mario Góngora H.

La herencia  del presidente queda marcada en algunas de las actitudes y los comportamientos que destruyen la espiritualidad en el ser humano. Hablamos del desamor que muchas veces se basa en la incongruencia entre decir y hacer, y luego de la imposibilidad de dar lo que nunca se recibió. También la soberbia, representada en el comportamiento altivo, altanero, que ahora forma parte importante del partido  dominante; la ingratitud, el no saber corresponder a los demás el amor; los conocimientos y sus enseñanzas; la envidia, el ambicionar a toda costa los premios a la constancia y dedicación de los demás, pero sin los esfuerzos propios;  y el egoísmo, el sentirse con el derecho de ser primero en todo, de verse y sentirse con más derecho que los demás. Podemos llamarles todos ellos, la herencia de “los jinetes del Apocalipsis de la vida espiritual del ser humano”, de su comportamiento y de su actuación.

Los misioneros de la secta de “Morena” ahora dan insultos en lugar de  sonrisas, o maldiciones en lugar de palabras de aliento; demuestran ingratitud y odio en lugar de prestar ayuda al que lo necesita y no nos referimos a regalar el dinero del país para obtener votos. Ya es del conocimiento de  todos que lo han experimentado, que ningún otro placer se compara con la felicidad experimentada al olvidarse de sí mismo por la felicidad de los demás. Quien tiene la virtud de poder reconocer el mérito ajeno y goza con el placer ajeno como si fuera propio, es el hombre más feliz.

Alguien mencionó hace tiempo que “el elogiar a otros lo que quisiéramos que fuera elogiado en nosotros mismos, es la sublimidad del elogio propio”. Pero los jinetes del Apocalipsis espiritual de Morena han logrado que el elogio entre hombres honrados sea tan raro que ya no sabemos ni cómo darlo ni como recibirlo.

Pero el elogio no debemos entenderlo como adulación. El adulador es siempre una persona perversa, y quien recibe con gusto la adulación es siempre un ignorante y un tonto. El elogio es un tributo legítimo al mérito, y cuando alguien hace algo bueno debemos decírselo. Todos necesitamos estímulo a cada paso y además, para evitar el egoísmo, necesitamos elogiar a quien se lo merece.

Las luces espirituales se han ido apagando conforme los jinetes apocalípticos del desamor, de la ingratitud, de la soberbia, de la envidia y del egoísmo se extienden con especial énfasis en nuestro país, afectando profundamente la vida espiritual de cada individuo.

Pero no todo está perdido. Es realmente importante hacer notar que algunas personas lo están dejando todo atrás para dedicarse a ayudar a los demás. No profesan religión específica, pero es obvia su gran espiritualidad. Buscan la verdad literal o el cumplimiento espiritual. Compartir y ayudar es ahora su meta. Su felicidad es envidiable y entre ellos se encuentran aquellos dedicados a la salud, a los que muchos del pueblo “bueno y sabio” agreden a últimas fechas.