Por
Mario Góngora H.
Siempre hemos sabido que “las apariencias engañan”, y ahora lo sabemos bien cuando el joven mejor presentado puede ser un secuestrador o un sicario.
Sin embargo, la mayoría de nosotros seguimos juzgando por las apariencias. Mientras que solo unos cuantos nos identifican por nuestras acciones, existen miles que nos califican por cómo nos vemos. Nos tratan según nos vestimos. No por lo que somos, sino por lo que parecemos.
En una persona sucia y descuidada encontramos una relación entre la limpieza del cuerpo y la limpieza del carácter. Y así, el que está muy decepcionado por algo, puede descuidar todo lo que le rodea; su familia, su trabajo, su moralidad y sobre todo, su persona.
Parece ser que existe una conexión entre lo que vestimos y al auto respeto, en la confianza en nosotros mismos y hasta en el éxito material. Y no se trata de vestir ropa lujosa, sino simplemente de andar bañados y pulcros aunque lo que vistamos sea viejo y desgastado.
Un descuido en el vestido, casi siempre nos demuestra que la moral del individuo ha degenerado. Quien se preocupa por su presentación personal, generalmente también se preocupa por cosas importantes.
Una apariencia de prosperidad normalmente tiene una gran influencia en conseguirla con más facilidad. Psicológicamente una persona se siente más segura cuando viste con pulcritud. Para muchos, es la misma sensación entre manejar un auto sucio y uno limpio. Muchos expresan su convicción de que el carro limpio se desempeña mejor.
Todas nuestras capacidades y facultades se multiplican por el solo hecho de estar concientes que nuestra presentación personal es la correcta. “La ropa no hace al hombre, pero ciertamente que le ayuda a conseguir un empleo” dijo un empresario ferrocarrilero hace muchos años.
Si fingimos lo que somos, somos lo que fingimos. Lo peligroso de este juego, el de fingir entre secretos y mentiras, es que muchos naufragan en él. Entonces, sobreviene el vacío: “¿quién soy en realidad?”. Este fracaso, este desencuentro con uno mismo, puede deberse tanto a la pérdida de la propia identidad, así como al desconcierto y el temor que nos persiguen ante las situaciones difíciles.
Crear nuestra imagen y consolidarla ante los demás y sobre todo ante nosotros mismos, forma parte del aprendizaje para la vida. A medida que crece la competitividad, es importante que cumplamos con la imagen que creemos que nos corresponde. Todos debemos preguntarnos si cumplimos con nuestras propias expectativas.
