Por
Mario Góngora H.
Alguien mencionó en alguna ocasión que hay cosas como la felicidad que no son tesoros que haya que buscar, sino experiencias que ganar.
Es evidente que la mayor parte de las cosas buenas en este mundo no las obtenemos directamente, sino como derivados de algo más. La felicidad es una de ellas. El hombre la ha buscado siempre y no la ha encontrado, o lo ha hecho ocasionalmente gracias a otras acciones. Si nos encontramos con salud, esto ha sido por vivir y pensar correctamente. Procurar tener momentos agradables la mayor parte del tiempo es el objetivo, pues la vida es para quienes saben disfrutar y gozar lo que ella ofrece.
Para entender correctamente la felicidad, debemos considerar que es difícil guardarla en secreto. Para realmente obtenerla, tenemos que compartirla, de otra forma nunca puede ser realmente disfrutada.
Son muy pocos los que realmente están satisfechos con lo que tienen, sean pobres o ricos, pues independientemente del nivel económico, no todas nuestras ambiciones son completamente satisfechas.
¿Qué es lo que realmente queremos? Debemos establecer jerarquías; darles un valor específico a nuestros deseos, considerando lo que cada quien entienda y crea sobre el fin supremo de su propia vida. Personalmente creo que las ambiciones materiales deben estar subordinadas a las espirituales (no necesariamente religiosas). Es cierto que el apetito del hombre por lo material y lo sensual es muy fuerte, pero los placeres del espíritu son mayores y sobre todo más duraderos, además de benéficos no solo para el individuo, sino para la sociedad en general.
Quizá el mayor problema para entender la felicidad, es pensar siempre que está distante, sujeta a tales o cuales logros, y esta no es la realidad. En ocasiones se encuentra tan cerca que no la vemos, o peor, la tenemos en las manos y ni la sentimos.
Y si queremos irnos al fondo de las cosas para comprender la felicidad, el ser humano solo puede decir que es verdaderamente feliz cuando encuentra placer en la dicha y felicidad de los demás. Quizá nadie ha demostrado este placer más claramente que la Madre Teresa de Calcuta. Sentir dicha en la felicidad de otros, es ese sentimiento supremo que le da valor a todo lo bueno que existe. Nuestro corazón se alimenta de esa dicha. Hacer algo por la felicidad de otros, aunque sea poco, es el acto más sublime al que pueda aspirar el ser humano.
Cuando vemos una persona sencilla, espontánea, afectuosa y humana, podemos decir que tiene su espíritu satisfecho y su conciencia tranquila. En pocas palabras, es una persona feliz.
