Por
Mario Góngora H.
Los seres humanos tendemos a exagerarlo casi todo. Tenemos excesos al comer, al beber, al hablar, en el amor, en la religión, y sobre todo en la política, cuando prometemos lo imposible.
Casi todo, hasta los buenos sentimientos se vuelven malos con la exageración. La humildad de carácter debe guardarse dentro de ciertos límites. La fuerza moral más conocida en el mundo ha tenido su base en la humildad.
Humildad, entre otras cosas, es tener consideración para los inferiores y respeto para los superiores. Todos debemos contar con un poco de esta virtud, aunque nunca debe ser exagerada al punto de convertirnos en objeto de lástima o de desprecio.
El amor propio es necesario, pero cuando lo exageramos llegamos a la vanidad, la cual tiene la capacidad de causar una ceguera de espíritu tanto en el pobre como en el rico, en el sabio como en el ignorante. Con frecuencia el poder convierte al hombre en una bestia, pues el que ve o siente que todo lo puede pronto toma acciones en perjuicio de sus semejantes. Cuando exageramos nuestro enojo, lo convertimos en una peligrosa ira capaz inclusive de matar.
Aunque las dos exageraciones son malas, es preferible la del padre tirano a la del indulgente, pues el primero generalmente obtiene hijos obedientes, capaces y corteses.
Si hablamos de exageraciones en el aspecto de reformas sociales, cuando son llevadas al extremo, como pretenden algunos miembros de la izquierda, no producen evolución sino violencia y confusión. La justicia es la médula y la esencia de la vida, cuando la rectitud es la verdadera fuerza en el gobierno espiritual del mundo.
A la fecha, cuando los políticos prometen y exageran sobre cambios y reformas, lo hacen por mero interés, no por que exista la intención de lograr lo prometido. Lo que muchos ya sabemos es que la reforma individual y no la colectiva, es la que en realidad necesitamos. El presente radicalismo que observamos actualmente, es la evidencia de que los gobernantes ni nos gobiernan ni aplican la justicia con equidad, y los que en realidad ponen en riesgo nuestras libertades son los que promueven el extremismo político. En dos revoluciones corrieron ríos de sangre para acabar con ciertas clases sociales y lo único que lograron fue crear otras nuevas que lo han acaparado todo. Sucedió en nuestro país, sucedió en Cuba y en forma “democrática” en Venezuela.
Las exageraciones no nos favorecen; necesitamos solo la verdad y lo razonable, acompañados de honradez y rectitud, ni más ni menos.
