Por
Mario Góngora H.
Podríamos definir la tolerancia como “la aceptación de la diversidad de opinión, social, étnica, cultural y religiosa; una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la propia.”
Se dice que la tolerancia es lo moderno, lo que debe ser. Debemos tolerarlo todo. La pornografía, pues es libertad de expresión escrita y cultural; el aborto, pues es un derecho de la mujer de disponer de lo que no es parte de ella; los matrimonios Gay, sin importar si seducen a nuestros hijos e hijas. Toleramos el consumo de drogas y ahora muchos inclusive lo impulsan. Toleramos hasta los políticos y gobernantes que solo se hacen ricos a costa de los ciudadanos. Hemos sido tolerantes al punto de haber llevado la sociedad al borde del precipicio. De la tolerancia hemos pasado a la impunidad y luego a la complicidad en todo aquello que atenta contra los derechos fundamentales de los demás.
Debemos redefinir la tolerancia en el sentido de considerarla como una virtud que nos permita ver las cosas desde el punto de vista de los demás. En concederle a otros el derecho de expresar sus propias opiniones. Es lo que nos capacita para dejar que los demás sean felices a su modo, en vez de serlo del nuestro.
Pero el que vende droga no respeta a la sociedad en su conjunto; las abortistas no respetan la vida ajena, los diseminadores de pornografía no respetan ni lo natural ni la expresión real de la sexualidad. Y el que se creé dueño de la verdad de una religión, está dispuesto hasta a matar por ella. En realidad, nuestra tolerancia ha permitido que otros atenten contra los derechos y la individualidad de la mayoría.
En términos generales, desde principios de la historia, las sociedades han tenido fallas. Si leemos la historia, bien podríamos poner en la primera plana de los diarios de hoy, los antiguos eventos de la China, Roma, Egipto y Grecia. Preferían los circos y las arenas en lugar de la industria, les importaban poco sus derechos porque al fin y al cabo hacían con impunidad lo que se les antojaba, y sobre todo, rehusaban a toda costa lo que les correspondía respecto a deberes y obligaciones cívicas y personales.
Se dice que una de las bases de la democracia es la tolerancia, pero ésta nunca debe atentar contra los derechos fundamentales de las demás personas, ni ser utilizada como instrumento para delinquir.
La tolerancia no es el libertinaje, ni tampoco la creación de un mundo de santos, sino debe servir para generar un mundo de gente sensata. De los humanos no debemos esperar que sean ni demasiado buenos ni demasiado malos. No debemos entrometernos en la vida de los demás mientras no afecten la sociedad, a sabiendas que el mundo no es perfecto ni lo será mientras que el ser humano habite en él.
¿Cuándo se debe tolerar algo? La respuesta lógica es: siempre que, de no hacerlo, se estime que ha de ser peor el remedio que la enfermedad…
