Por
Mario Góngora H.
Lo que hace cansada la vida es la falta de un objetivo, la falta de metas.
Los seres humanos estamos de tal forma constituidos que nadie puede ser realmente feliz sin tener un propósito determinado, y la medida de nuestra felicidad depende de qué tanto avanzamos en hacer realidad nuestros ideales.
La vida es cansada y bien vale poco si la consideramos como una obligación desagradable, pero al mismo tiempo, si tomamos en cuenta cuál sería nuestra más grande contribución a los demás, que es haber trabajado de tal modo que los tiempos en que vivimos hayan aprendido algo de nosotros, el haber trascendido, es encontrar la satisfacción y el agradecimiento
Una sola generación de personas que trabajaran con gusto y en serio, sería suficiente para acabar con todos los parásitos que empobrecen la nación. La holganza, la flojera, la zanganería nunca ha sido buena para la salud, ni personal ni para el resto del mundo. Y el mejor antídoto para el cansancio de la vida es precisamente el trabajo honrado. Así pues, nuestro principal ideal debe ser el de trabajar y vivir con un fin determinado, lo cual debe manifestarse con la acción.
Toda acción dirigida para acabar o terminar con el esfuerzo personal es destructivo para el espíritu. Las cosas buenas en la vida tendrían poco valor si no tuviéramos que esforzarnos para conseguirlas. Una semana de 40 horas nunca será suficiente para el que tenga algo grande e importante que hacer.
Para enamorarse uno de su trabajo y sacarle buen provecho, es necesario el entusiasmo, así como conocerlo bien. Ningún trabajo parecerá aburrido, cansado y tedioso si lo investigamos profundamente. Y así, en la medida que aumentamos nuestros ratos de ocio, disminuye nuestra felicidad.
En muchas ocasiones, la infelicidad nos llega al tener tiempo para pensar en si somos o no felices. El trabajo es el ser humano en acción y rara vez conoce de límites. Es el esfuerzo intenso y dedicado lo que nos hace mejores. El trabajo, cuando lo hacemos bien, es un placer, y solo el que hacemos sin ganas y sin gusto, nos cansa y nos disgusta.
La clase que progresa, es la que piensa y trabaja al mismo tiempo. Es la que hace prosperar al mundo.
No existe el trabajo deshonroso. Cuando algunos piensan que tenemos dinero, que raramente es el caso, y nos preguntan por qué seguimos trabajando cuando suponen que estamos en la edad de retirarnos, creemos que es inútil contestarles. Nunca lo entenderían, pues es cuando el deber se convierte en empeño natural y apasionante, que no queremos ni podemos sustraernos de él.
Todos necesitamos de un objetivo en la vida; escapar de nuestros paradigmas, de nuestros conflictos intelectuales y emocionales. Muchas veces, nuestro trabajo físico es un escape de las inquietudes mentales, de la depresión y de la ociosidad que es “la madre de todos los vicios”.
El que se retira de la lucha, del trabajo, deja de crecer, y por lo tanto no puede ser verdaderamente feliz.
