Por Mario Góngora H.
En este mundo todos somos semejantes en nuestra naturaleza, y generalmente lo que nos hace diferentes son nuestras actitudes y nuestros diferentes hábitos. Nuestra convivencia es parcialmente civilizada no porque seamos nobles y buenos, sino por una necesidad para todos tener una mejor vida en base a intentar tener una conducta que esté en armonía con los demás.
Cada ser humano tiene un tiempo determinado en esta vida con un sinnúmero de caminos a tomar, y cada uno con su precio y con el que normalmente se adquiere voluntad, buenos hábitos y un carácter determinado. El hombre toma ciertas actitudes buenas por su propia conveniencia.
Con frecuencia encontramos a personas talentosas entregadas a los vicios, lo que es para cada uno de nosotros una llamada de atención para evitar todo tipo de excesos. Por nuestra propia conveniencia debemos adquirir buenas actitudes, buenas costumbres y buenos hábitos. Siempre está al alcance de la voluntad sacudirnos o alejarnos de todo mal hábito, pues como sabemos, es la repetición de un acto lo que lo vuelve automático. Las costumbres sin razón son viejos errores.
Generalmente un error no es más que un mal juicio, pero aferrarse a él una vez descubierto, se puede decir que más bien es una enfermedad del carácter.
Los hombres siempre buscamos “la libertad”, sin embargo, el liberarse de los malos hábitos, vale mucho más que cualquier otro tipo de libertad, pues es cuando perdemos nuestro amor propio cuando lo hemos perdido todo.
La voluntad no es más que las cosas en que pensamos y cómo las pensamos, y puesto que podemos controlar nuestros pensamientos, es lógico que podemos controlar nuestra vida. Lo que pensamos con más insistencia es lo que más afianzamos. La mejor forma de cambiar un pensamiento, es reemplazándolo por otro que sea mejor.
Es prácticamente imposible lograr de inmediato el cambiar nuestra naturaleza humana. Tenemos que hacerlo gradualmente consiguiendo un mayor y mejor dominio de nuestros impulsos, procurando no culpar a los demás de nuestros errores y fallas. El buscar disculpas de dichos errores es tan común que el mismo Adán culpó a Eva cuando fueron desplazados del paraíso.
Más que la genética, el entorno y el medio ambiente tienen que ver mucho más en nuestras acciones y comportamientos. Y la solución está en muchos casos, el ser aporreados por la vida según la terquedad de cada quien. Esto nos ayuda a que cualquiera debilidad pueda convertirse en fuerza y éxito. El templar el espíritu nos lleva a sobrepasar cualquier obstáculo que encontremos, pues quien vive sin un propósito definido no alcanza otro fin que servir de escarmiento para los demás.
La decencia, la compasión, la caridad y la sinceridad, no nos vienen por la naturaleza. Tengamos pues la voluntad de interesarnos por nuestros semejantes y hacerlo un hábito.
