LA CLASE PARASITARIA
Por
Mario Góngora H.
Nuestra sociedad ya ha resuelto que las clases parasitarias deben desaparecer. El mundo no es una sala de exhibición para que la gente que se dice a sí misma “la más selecta y distinguida” viva sin hacer nada. Nos referimos a una buena parte de la clase política, cuyo tiempo es dividido entre placeres lascivos y buscar la forma de hacer a su antojo lo que sea, sin repercusiones, con toda prepotencia e impunidad.
Las diversiones de todo ser humano son agradables y hasta indispensables en la vida, pero al dedicarnos exclusivamente a ellas, disminuimos nuestra fuerza creadora y hasta nuestros ahorros, excepto para el político, para quien la falta de dinero no es un obstáculo.
La sociedad entera ya no tiene ningún respeto para ese enorme número de personas de esa clase que ha perdido el sentido del mérito; desayuna y come en los mejores restaurantes para luego hablar de sus logros financieros con otros políticos en el café de las cinco.
Ricos y pobres debemos trabajar de un modo u otro. Ninguna vida vale la pena vivirse si no somos productivos, si la invertimos en holgazanería y vivimos del sudor ajeno.
Lo mejor del dinero es que tenemos que ganarlo por las buenas, y no derivado de hacernos socios de personajes de obscura reputación, de comisiones por obras públicas, “hacernos de la visa gorda” o compras gubernamentales. Algo que no conocen los que nos han gobernado es que el dinero honrado no puede obtenerse sin trabajo.
La clase parasitaria parece no comprender que la ciencia y el arte de producir, tienen que ser antes que la de distribuir. El esfuerzo es primero, luego el disfrutar del dinero bien habido. Nadie debe “distribuirse” lo que no le pertenece.
La clase parasitaria todavía no reconoce que para derivar más de la vida, necesitamos poner más en ella. Es un descrédito para la ciudadanía cuando nos dejan una enorme cantidad de trabajo sin terminar y grandes deudas que no son realmente representativas de las obras.
La clase parasitaria debe entender que todo lo que se consigue con sacrificio y trabajo metódico no tiene precio, pero es al fin y al cabo es lo que nos da reputación, fuerza y carácter.
Si es una realidad que es muy perjudicial hacer el trabajo solo para salir del paso; es peor obtener el trabajo no para hacerlo, sino para obtener utilidades mal habidas del mismo. El que pierde el interés en la gente que debe servir ya ha sembrado su propia tumba y una reputación vergonzosa para heredarle a sus hijos. Ya se ha convertido en parásito.
“A los ciudadanos no nos gustan nuestros políticos. La ciudadanía sencillamente no se siente representada por su clase política, y los efectos de la crisis están provocando una separación aún mayor”.
