Por
Mario Góngora H.
Las necesidades de la vida demandan que todo niño adquiera educación, y si este niño tiene ya cierta inteligencia, considerará un privilegio esta exigencia. Luego, esta misma necesidad requiere que el hombre aprenda un oficio o tenga una carrera para ganarse la vida. Y así, el hombre con un buen sentido común, acepta que el trabajo no es un castigo, sino una fuente de felicidad y una oportunidad de poder trascender. Y cuando ya trabajamos, el cumplir con nuestro deber sin quejarnos, nos da un enorme sentido de logro.
En vida solo tenemos dos precios que pagar: el precio de la disciplina o el precio del arrepentimiento. Cada ser humano tiene una determinada cantidad de tiempo para emplear en la vida, la cual es como una gran tienda llena de opciones y oportunidades con su precio a la vista. Y si cada quien paga el precio correspondiente, al hacerlo, adquiere voluntad, carácter y buenos hábitos.
El ser humano tiene por fuerza que adquirir buenos hábitos por dos sencillas razones: por su propia conveniencia, y por convivir armoniosamente con el prójimo.
Una de las peores cosas que encontramos en nuestro trayecto por la vida, es el ver personas de talento y buen corazón, convertidos por los vicios en los seres más abyectos y desperdiciados. Dejar dominarnos por algunos de nuestros instintos es esclavizarnos.
Todo hábito, bueno o malo, generalmente se deriva de la constante repetición de un acto. El automatismo es la explicación de todo hábito. La naturaleza, nuestros genes, tendrán mucho que ver con nuestros gustos, nuestras inclinaciones y nuestras características, pero en cuanto a nuestros hábitos, está en nuestro poder el controlarlos. Por ejemplo, el hábito de la firmeza, realizando diariamente cualquier tarea difícil relacionada o no con el buen hábito que nos estemos formando. Es fácil cambiar viejos hábitos y instalarse nuevos, solo es cuestión de querer hacerlo.
Los malos hábitos no son obligatorios. Existen costumbres ilógicas que solo son viejos errores, pero la razón es más antigua que cualquier costumbre, buena o mala. Normalmente un error no es más que un mal juicio, pero aferrarse a él, una vez que se descubre, es un suicidio en cámara lenta. Para gozar de las comodidades y ventajas de la civilización, es fundamental tener hábitos buenos y civilizados. El liberarse de un mal hábito vale más que cualquier otra libertad. Cuando perdemos nuestro amor propio y el respeto a nosotros mismos, todo lo hemos perdido.
La voluntad, podríamos decir, es la facultad de decidir y ordenar la propia conducta y los hábitos son las cosas en que al principio pensamos, pero luego, a fuerza de repetición, se volvieron cosas automáticas, y puesto que podemos controlar nuestros pensamientos, podemos controlar nuestra vida. El modo de exterminar o acabar con un mal hábito, es reemplazarlo con uno bueno, y para esto, hay que iniciarlo.
Como seres humanos tenemos la esperanza, no en cambiar nuestra naturaleza humana, sino en que poco a poco obtengamos un mejor domino de la misma.
