LOS POLÍTICOS
Por
Mario Góngora Hernández
Lo que la mayoría de los políticos buscan son privilegios, no un buen gobierno ni el bienestar de los ciudadanos. En nuestro país así como en muchos otros, la mayoría de ellos ganan y el pueblo pierde. Cuando en política hay una ganancia, normalmente es para los políticos.
La llamada democracia sufre mucho más por la apatía de todos nosotros que por los gobernantes que llegan al poder. Por no involucrarnos quedamos muchas veces como los ángeles de Dante en la Divina Comedia. Por ser tan neutrales, fueron rechazados en el cielo así como en el infierno. Solo los que ya no están con nosotros en este mundo tienen el derecho de ser neutrales. Los que todavía seguimos aquí, tenemos la obligación moral de involucrarnos en la problemática del país.
Los malos gobiernos se forman con la complicidad del pueblo, y si solamente algunos se involucran, los que se mantienen a la expectativa serán solo espectadores sin nada que esperar ni exigir. Y el único remedio está en la formación de mejores jóvenes, formándolos en serio para que puedan distinguir en lo que debe y no debe ser. Lo malo es que en la actualidad ni en las mejores y más caras instituciones de educación media y superior se da esto. Es al contrario. En el aspecto social, maestros y directivos saben y conocen de las “chiquimafias” y otras no tan “chiquis” incrustadas en sus salones de clase y nadie hace nada; si existen maestros que abusan de alumnas y alumnos, no se trata de evitar. El tráfico de armas y de drogas se da en pleno conocimiento de algunos directores. En el aspecto político, se promueve el marxismo en forma abierta y en detrimento de la “iniciativa privada”, sin que los que más apoyan económicamente a dichas instituciones siquiera se den cuenta que están sembrando para su propia destrucción.
Ninguna forma de gobierno puede salvarnos de nuestros propios defectos. A las personas no nos falta ni libertad ni oportunidades, solo nos falta decisión, acción y un buen sentido común. Recordemos que en ningún lado del mundo son las mayorías las que gobiernan. Son siempre un pequeño grupo de audaces o “aventados” los que deciden el porvenir de los pueblos. Las mayorías están tan ocupadas que no quieren hacer el esfuerzo necesario para gobernarse y se contentan por dejarse arrastrar por quienes hacen falsas promesas. Si todos desatendiéramos nuestros negocios o nuestro trabajo como desatendemos los asuntos que conciernen la actividad pública, ya nos hubiéramos muerto de hambre.
De todos es conocido que los peores violadores de las leyes y de la justicia son los mismos gobernantes, aunque ya algunos se perfilan para ser diferentes. La única solución está en todos respetar las leyes tanto Divinas como terrenales y luego presionar a los que nos gobiernan para que hagan lo mismo. Nuestro grado de civilización será juzgada cuando la opinión pública sea capaz para obligar a los mandatarios a ser buenos y justos. A mayor incivilización, mayor el costo de gobernar. Los mismos principios que vuelven eficiente a una industria privada, son los que pueden volver eficiente a una nación y sin restarles derechos o beneficios a los que menos tienen. La prosperidad y bienestar de un país no se miden por las leyes que se decreten ni por el dinero en las arcas de la nación, sino por la tranquilidad y seguridad en general, así como por la consideración que se tenga a los derechos de todos.
