Por Mario Góngora Hernández
El más pobre de ellos es multimillonario y el más rico es un simple obrero.
El obrero, a veces sin comprenderlo, es el verdadero rico. Va a su trabajo temprano, trabaja hasta medio día donde normalmente come, luego sigue en su trabajo hasta que obscurece. Generalmente disfruta de buena salud que es una de las mayores bendiciones. Cada día procura que lo que recibe por su trabajo, esté bien ganado. Tiene una buena esposa, que a pesar de cómo es, lo soporta, lo acepta y lo quiere. Tiene una casita humilde y tiene algunos hijos pequeños.
Por la noche se sienta en una vieja silla, lee alguna revista o libro, se fuma un cigarrillo y por un rato ve la tele. Se acuesta temprano para estar preparado para un nuevo día. ¿Quién puede ser más rico que él?
Creo que debemos vivir de un modo del que no nos arrepintamos, y que llegada la hora de nuestra partida, hayamos acumulado algo, solo lo suficiente para que la familia no sea objeto de la caridad de nadie y pueda seguir viviendo y luchando por la vida, pero principalmente, con honor y respeto.
Un mundo cansado, histérico y temeroso, vive una orgía de falsos valores, donde afortunadamente, todavía a muchos les agrada la vida sencilla y se perciben ricos solamente con su trabajo, su hogar, su familia y una buena salud; viven sin extravagancias, y solamente con algunas comodidades.
Aunque nuestra actual sociedad nos grita que el éxito consiste en el dinero, para donde volteemos a ver, encontramos ricos producto de la ilegalidad, que poco valen. No tienen salud, ni tranquilidad; donde el amor está ausente y no gozan el respeto de los demás, mas sí del interés por su dinero. Ellos ya no encuentran placer casi en nada. Ni el la lectura, ni en una buena película, ni en el alcohol ni el las drogas que consumen; ni en sí mismos. Son personas atribuladas, desesperadas donde su dinero ya no llena sus necesidades de paz espiritual y emocional. El dinero ya no les compra ni la salud, ni la vida ni el carácter.
El único y verdadero rico es el que disfruta de paz interior, tiene salud, actitudes congruentes, voluntad y valor para ser quien realmente es, no lo que los demás quieren que sea.
Vivir en un palacio no es meritorio, ni tampoco lo es aparecer frecuentemente en las páginas sociales, porque en los palacios suele vivir la gente más desgraciada y porque para figurar mucho en la sociedad, se necesita acudir a muchas fiestas y trabajar poco. Tampoco tener mucho dinero es muy significativo, pues para tener mérito habrá que saber primero, cómo fue obtenido. Siendo de fuente honrada, habrá también que saber, cómo es gastado.
Pero si en realidad deseamos tener mucho dinero, trabajemos dedicada, disciplinada y tenazmente para conseguirlo; aunque debemos estar dispuestos a sacrificarlo en cualquier momento, por las cosas del espíritu.
